La uruguaya

Es una de las fotos que no se han borrado, de las que están en mi facebook, de ahí no se borrará nunca. Tu cara abstraída, el mechón de cabello de color avellana. Girando la barbilla, en ese momento, justo, enmarcada por las hojas tan verdes. Delante había una tapia de color salmón. Hay, o hubo, fotos también de esa tapia y sus desconchones. El seiscientos rojo, impecable, al otro lado, y tú, enseñándome algunas palabras en portugués. Lento, devagar. ¿Cómo? ¡Es rarísimo eso! La calle empedrada. Llegamos a Colonia del Sacramento en ferry, desde Buenos Aires. Aún continúa llegando a mi correo la información sobre los servicios que cruzan el Río de la Plata. Lo tendría que mandar al spam. Colonia Express. Es muy de cuando en cuando, de todas formas. La otra tarde, justo después de leer la novela, llegó. Coincidencias. Luego tomamos el autobús y nos fuimos a Montevideo.
El protagonista de la historia cruza ese mismo río, para recoger un dinero en Uruguay; también para ver a una mujer. Por la mañana, deja su departamento y una vida, cruza, por la noche regresa. Podría no cambiar nada, y cambia todo. Lo que pasa, y lo que pasará, es la novela. La luz en la boca de esa mujer que él lleva meses imaginando. La otra mujer que deja en la casa, y que es a la que le cuenta su historia. La humedad gris junto al mar. Tan gracioso que te hace reír a carcajadas, aunque te puede poner un poco triste también. Tan ágil que lo lees sin parar, hasta el final. Estás enamorado, agobiado, asustado, eufórico, y paranoico. Estás ahí. Esperando en el bar, mirando a través de la ventana cómo todos llevan termos debajo del sobaco; un poco sudoroso y no demasiado lúcido; a punto de comer, tomando una cerveza fría que te sienta mal. Incómodo. Inquieto. Demasiado preocupado, demasiado colocado, demasiado entusiasmado, demasiado descreído.
Cuando ella paseaba por las calles de Montevideo, hacia esa pequeña sala llena de montones de tierra de colores, hacia esa cafetería con las sillas forradas de sky rojo, a la plaza, para ver tocar candombe, o comprando un libro de Idea Vilariño, refugiada de la lluvia. Era una belleza en movimiento, todos lo notábamos. Las rodillas juntas, las piernas largas. Quizás porque tomaba B-bloqueantes para sus problemas de corazón, ella no. Siempre devagar.
Me he acordado de eso. De los asientos que ocupamos en el barco, a la vuelta, de la chica japonesa que nos contó todos sus viajes.
En cuanto a él, su cólico de gases, y su libro extraviado: decir que el mundo te acorrala, te obliga, casi. Bajas los brazos. Lo asumes. Está en la biblioteca pública: “La uruguaya”, de Pedro Mairal. Magnífica. Y que vivan el deseo, el ridículo y nuestros sueños; el amor, en todas sus formas, el respeto, e ir aprendiendo. Seguir para adelante, porque no queda otra; los tatuajes, los hijos, escribir. La vida, en fin. La vidita.

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