Alimento

Siempre tengo miedo de que se atragante. Si pone cara rara, si babea. Si le viene una arcada, claro, si vomita. Si le da la tos. Cuido que todo esté en calma, pero es como si me faltasen manos, ojos. Como si la temperatura nunca fuese la temperatura que tiene que ser, como si la distancia entre el suelo y mi regazo, entre mi regazo y la mesa, entre la mesa y el plato, no fuesen nunca las correctas. Desde la trona donde se sienta hasta donde yo estoy ahora, tratando de estar tranquila, no sé qué océano se me hace, pero no podría llegar nadando hasta ella si algo le ocurriese. He visto en youtube cien veces el vídeo del bebé que se come el brócoli entero, con sus manos, el del bebé que se come el muslo de pollo frito.
Muchas noches sueño que estoy paralizada, no puedo moverme; como si el aire no fuese aire sino una gelatina transparente que amortigua sus gritos. Pero yo los oigo, todo el tiempo. A los seis meses ha empezado a comer otras cosas, sólidas. Antes tomaba solo leche, inocente leche. Una vez le salió por la nariz, durante la noche, y el corazón se me cayó sobre las sábanas; luego su rostro pasó del rosa al rojo, y al blanco, y de vuelta al rojo y al rosa. Un gorjeo pequeño, como una queja. Estaba casi dormida; yo no pude volver a dormir. Pasó más veces, y mi corazón nunca olvidó pararse y caerse.
La orden es así: empezar por el zumo de naranja. Mi niña, que atraviesa el mar en un barco pirata, no tendrá escorbuto. Cereales sin gluten, que es arroz; empapadas hasta las rodillas, bajo un sombrero de paja triangular, la mirada verde se nos para en las ramitas que sobresalen del cieno. Alimento neolítico. Papilla de frutas. No cualquier fruta. Manzana, pera, plátano, naranja. Nos subiremos a los árboles al despertar de la siesta, cuando el sol ya no nos abrase. Con nuestras patas prensiles treparemos a lo más alto, cogeremos los frutos más hermosos, y luego nos iremos a despiojar.
La orden es así: déjale los trozos de comida cerca, para que huela, juegue, chupe. Vigila, serenamente. Es normal que al principio no coma casi nada, que tire todo alrededor. Irá desapareciendo el reflejo de extrusión, con el que apretaba tu pezón hacia arriba, y que ahora hace que parezca que escupe.
No quiero que se ría tanto. Si juega podría atragantarse. Mi madre no entiende que me haga un mundo de arenas movedizas, que me hunda en él. Pero hay algo que no está bien en la rectitud implacable que va de la leche al marisco. Eso siento. Carne, pescado, huevos, crucíferas, frutos rojos, nueces, pan. Tengo el impulso de masticar para ella. De protegerla físicamente, de una forma mecánica, con los mordiscos, con la saliva. De digerir para ella.
De ser la sangre que va desde su intestino a todo su cuerpo.

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