Fuente Fora

Es chulo cuando ella empieza a chuparse las manos, a dormir en las barras de madera del techo de su buhardilla. Esos gestos con los labios y con la nariz. A encapricharse de las cosas que brillan.
Es la hija de una lavandera, y su santo coincide con el día de las fiestas, allí, en la ermita del paseo. Su abuela fue la guardiana, y le daban el aceite para encenderle velas. Que se llaman higueras bravías, dice, que crecen sin que nadie las plante, que los higos son secos pero sabrosos. Nos hemos comido uno. Sacaban el agua de un pozo y había muchas tinas, ahí lavaban. La niña cogía moras cuando no había qué hacer, y todas las lavanderas lavaban moras, se las comían. Un puñaíno solo. Había una fuente, esa fuente tenía un pilón, se acercaban las vacas a beber. Y una vez por semana subía toda la cuesta, entre olivos, a por la ropa de la familia del médico, que vivía en la casa grande.
Trabaja para una compañía de cosméticos. Cogí empezada la película, pero al parecer, esta compañía está a punto de comercializar una nueva crema antiarrugas. Cuando ella visita la fábrica, oye por casualidad una conversación sobre los peligros del uso del producto. Es por eso que la asesinan, pero un gato mau egipcio la devuelve a la vida. Un mensajero de la diosa Bastet. Por la Madrila, por el Parque del Príncipe, había otros lavaderos.
Su madre la crió sola, el padre las abandonó. Lavaba para esa pensión cerca de la plaza. La dueña le dijo una vez que la dejase con las monjas para estar más liberada: con esas Trinitarias que recogían a las huérfanas. Como volviesen a decirle aquello no les lavaba más. Montones de bellotas cuando iban juntas a las matanzas. Siempre juntas. Bellotas avellanás. El campo y los árboles y los pájaros y sus cantos. De todo aprendía. A aliñar las aceitunas. Si pagaban ocho el día de trabajo, mi madre cobraba cuatro pero siempre me llevaba con ella, y yo jugaba con los hijos de los pastores. Y pensaba que me iba a comer todo el montón, entero, porque era pequeña.
Cuando se hizo mayor sirvió en casas. En sus templos se criaban gatos, y cuando morían, eran cuidadosamente momificados. Dio de comer a catorce muchachos. Cálidos rayos del Sol. Los llevó por el buen camino. Vio el reportaje sobre las lavanderas cuando trabajaba limpiando en la Telefónica. Encima de un escritorio estaba aquella foto, y ella en la foto aquella: con el pelo muy corto y un plato en la mano derecha. No quiso que fuesen a su casa para entrevistarla, su marido podría enfadarse. Sí le dijo lo de la fuente, Fuente Fora, la fuente que había desaparecido y de la que nadie recordaba el nombre.
Ochenta y dos años. La Mujer Gato se aleja solitaria, contoneándose, en medio de la noche. Las luces de la ciudad la rodean. Delante va su hija.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s