Un animal que tiembla

Puedo leerte un poema sobre una santa popular que baja del cielo rodeada de pétalos de floripondio. Puedo leerte un poema sobre ser espectadora de tu vida, como si fuese una película. Trataré de leerlo despacio, de hace pausas que tengan sentido, de leerlo con emoción. Con la emoción del día en que lo descubrí. Puedo leerte un poema sobre esquivar pozos con la bicicleta, sobre moler y moler tu propio brazo, sobre el instante precioso del agua que hierve. Una se despierta y el cielo es gris, porque el cielo de Lima, según me dijiste, es siempre gris. Quizá en los suburbios, hacia las montañas, quizás brille el sol; nunca cerca del mar. Las fotos que enviaste eran de la orilla, las piedras y las barcas. Al atardecer, unos adolescentes bajan por las laderas del Morro Solar con sus patinetes, a toda velocidad. Era el video clip que acompañaba mi canción favorita aquel verano. Alto Perú. Los primeros planos de caballos, el caballo amarillo con las crines blancas entre los tres castaños. Sus ojos como pozos mágicos. No, eso es Islandia, me has dicho por wasap. El verde es muy profundo. Aquí entran en tu casa sin permiso en mitad de la tarde. Te atan y se llevan tus cosas. Todos están furiosos.
Gulliver despertó y estaba atado. Las cuerdas eran pequeñísimas, pero no podía moverse. A su alrededor discutían hombres de quince centímetros, unos aterrados, otros expectantes. Desde que me embarqué como cirujano de a bordo en el Antílope, y naufragamos cerca de la Tierra de van Diemen, actual Tasmania, puedo leerte el poema sobre la mujer del mercader del río, y mi vida es mejor ahora. Me autorizaron a caminar por el reino de Liliput, con la condición de no dañar a sus súbditos. En la ciudad donde vivo hay una editorial de poesía solo, se llama Ediciones Liliputienses. Oculta tras una idea radiante.
El abuelo paterno de Ana Carolina Quiñonez Salpietro fue preparador de caballos en el hipódromo de Lima; hizo de ellos su vida, ganó algunos premios importantes. Hay peces, insectos, juguetes, algas, humedad, plantas, noche, extrañeza. Agua. A veces toman el cuerpo de un infante iracundo, a veces, el cuerpo de un animal que tiembla, sus poemas. Tantea, se estremece, no concluye. Dentro de un animal no sobra espacio. Estás solo. Alimentándote. Viendo ciudades desiertas desde sus ojos. Habita un mundo incierto con lo otro dentro, agazapado. Espera que la saquen a bailar, tiene pesadillas, tiene vacaciones de invierno; y para esconderse, come cebada, camina aplastando los herrajes.
Conoce de memoria la entrada a un invernadero, ahí se refugia del ruido de su padre y se pasea como un caballo. El perro nos mira, se estira sobre la tierra fresca. Ana Carolina Quiñonez Salpietro me gusta porque publica con sus dos nombres y sus dos apellidos. Recoge su origen y de ahí parte, con todas sus contradicciones. Un gesto, y salva a su madre del olvido en el papel.

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