Raspberry fields

Lleva tres días que hay tormenta sobre las seis, con rayos, truenos, y gotas gordas y separadas. Luego salgo al campo buscando los olores. El hombre del perro color canela me dice cada día que están verdes aún. Cuándo maduran las moras. Estoy impaciente. Brillan y engordan con el agua. Nosotros llegamos aquí con las frambuesas. Diez. Una en cada dedo como un capuchón de carne.  Si bajábamos a la garganta y cuando subíamos, junto a la carretera. Frambuesas caliente, peludas, membranosas, apretadas. Pepitas de frambuesa. Licor oscuro y aromático. Íbamos también a por moras para venderlas en la cooperativa, caíamos en los zarzales por las tardes. Sabor a una nada exótica, como saliva ácida. Después de las tormentas se va la luz.

El camino está lleno de piedras, un niño moreno me adelanta, me dice que él está acostumbrado a andar por la sierra. Lo dice con un orgullo pequeño. Mientras nos bañábamos en el charco su abuelo le esperaba a la sombra, observándole desde lejos. Luego le acompaña a casa, camina detrás. Como un pastor. Nado un poco y me tumbo sobre la roca, al sol. La sensación al salir del agua helada es la de siempre. La sensación de despertar. En mi rodilla palpita una herida. Luego vienen muchos, aún no es mediodía, pero nos vamos.  En todas partes hay un Camino real, una ermita, una carretera a las afueras del pueblo, por donde se pasea. Subíamos por el Camino real, por donde los padres de Adolfo tenían las vacas. Y al llegar comíamos frambuesas del frigorífico. Con leche y azúcar. Ahora hay una tienda muy bonita; mermeladas de castaña, de kiwi. Los kiwis llegaron después, eran una cosa extraordinaria porque había árboles machos y árboles hembras, y había que plantarlos en una proporción exacta, y nadie había comido nunca muchos kivis. Ni siquiera sabíamos bien cómo se decía.

Han preparado una playita junto al charco. Por la parte que queda frente al puente. Cuando he llegado después de llover había sólo un hombre joven nadando en el agua. Y un macho cabrío gris con los cuernos retorcidos comiéndose las moras, aún verdes. Sonaban los campanillos del resto del rebaño que andaba bajando la garganta ¿Eres creyente? ¿Crees en Santa Bárbara? Ponte patatas primero y las migas después, y encima el torrezno. Te puedo contar dos milagros, si tienes fe.  Prueba el queso, y el arroz dulce, que sabe a anís. La fruta va siempre dentro de la masa.

Déjame llevarte allí. Porque allí me dirijo. Las nubes se vuelven rosas y la hierba, amarilla y húmeda aún, da ganas de tumbarse encima, como sobre una grupa suave, viva. Nada es real. No hay nada de qué preocuparse.  Mirar cómo va oscureciendo, cómo va saliendo la luna, tan brillante. Escuchar los sonidos de la noche. De la fuente. Las campanas. Cenar pan con mermelada ácida en el tiempo eterno. Aún no viene la luz, estamos  en la calle, o asomados a los balcones.

 

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