Tripalium

Es probable que no me hubiese fijado, que no hubiese caminado hasta la orilla del río, que el perro no hubiese dado saltos en el agua, que las libélulas azules y doradas no se hubiesen posado sobre las hojas. Es probable que no me hubiese sentado un rato, con la espalda pegada al muro, a leer sobre los limones sicilianos. Y mientras, es probable que no hubiese tenido ideas nuevas, al levantar la vista. Es probable, y quizás ocurriese, que no encontrase nunca, despacio por el camino, que no encontrase nunca algo dentro, cerrado. Algo como una libélula dorada. Un lunes por la mañana, por ejemplo, o un martes. Las ramas del kiwi y su aroma penetrante invadiendo los balcones. Cuidar de las flores. A cualquier hora.

Unas chicas japonesas besan las carcasas blancas de sus robots. Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Unos trabajadores japoneses cargan fardos pesados en el puerto, son mayores, pero un pulpo metálico sujeta sus espaldas, da fuerza a sus brazos. Golpeando la tierra con la azada. Sacudiéndose la tierra de la ropa parda. Dando vueltas al huerto, en silencio. Trabajo viene de tripalium, un cepo con tres puntas para sujetar caballos o bueyes, y poder herrarlos. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo.

En la Edad Media resultaban menos relevantes las unidades temporales que articulan nuestra vida; una percepción vaga, cierta despreocupación. El trabajo satisfacía las necesidades inmediatas. Intermitente, urgente, irregular. Nunca se trabajó tanto como durante la Revolución Industria y después, ahora. Al principio, cuando la gente del campo emigró a las ciudades para trabajar en las fábricas, los empleadores constataron que la ética medieval del trabajo estaba muy arraigada entre sus empleados. La pereza, la impuntualidad y el absentismo crecían cuando los trabajadores recibían su salario, que se pagaba a diario. El salario semanal o mensual puso freno a las indisciplinas. Pero hay un solo mundo que gastar, y cada vez menos insectos.  Los australianos de la Tierra de Arnhem y los bosquimanos del Kalahari dedican entre tres y cuatro horas diarias al trabajo, se detienen con frecuencia a descansar. No abarca nunca a la totalidad del grupo, pues niños y jóvenes participan escasamente o nada;  ni siquiera lo hacen todos los adultos a la vez. No acumulan, no les da la gana. Las primeras sociedades neolíticas tampoco lo hacían. Sociedades de la abundancia. La reserva estaba en la Naturaleza misma.

Ya no se necesitan cepos, ni látigos, nos autoexplotamos; estamos tan cansados, y lo llamamos realizarse. Con suerte. No hay tiempo para mucho más. Era mentira. Y ni siquiera tenemos conciencia de la dominación. Dice Byung-Chul Han. Morder el limón. Mirar al cielo. Ser polvo, de tan concentrados en el caminar. Encontrar al otro. Que los días sean serenos, que las noches sean dichosas.

 

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