Ea la nana

Estoy tan cansada que pienso solo en forma de música, o de color. Encontraron una tablilla escrita en un dialecto del acadio, formaba parte del conjunto de textos que debía aprender quien quisiera convertirse en hechicero. Los lazos, los botones, los patucos. La mirada arrobada, la prisa, la calma. La mirada torpe. El cuerpo impropio. La mantita que tejió la abuela, pero hace ya calor, pero ha refrescado. Color blanco, color de bebé. Fibras naturales, sin tinte, lavadas muchas veces. Dos encantamientos, destinados a acallar los llantos de los bebés asirios, estaban en esa tablilla encontrada en la antigua ciudad de Nínive. La irrealidad. La concentración. Los bodis. Los baberos. Azul, color de las niñas, color de la Virgen, hasta casi el siglo XX. Rosa, color de los niños. Color masculino, el rojo, y el rosa, un rojo pequeñito. Fue por el traje de marinero, por su color azul, que comienza a asociarse con ellos el color del mar. Me gustaría estar quieta frente al mar. Para las niñas, entonces, el color de las rosas. Compuestos por los dioses y entregados a los hombres, hechizos para consolar a los bebés inconsolables. El ritual mágico, unción con aceites y recitado continuo, cantado, del encantamiento.  Los gorros. Las camisas. Los pantalones cortos. El baño. Las pequeñas sábanas bordadas. Todo en su orden. Pajarito que cantas en la laguna, no despiertes al  niño que está en la cuna. Ea la nana, ea la nana, duérmete lucerito de la mañana. A los niños que duermen Dios los asiste, y a las madres que lavan Dios las bendice. Ea la nana, ea la nana, duérmete lucerito de la mañana. Alcmena, acunaba a sus gemelos en un escudo. Él, tan pequeño, tan tan pequeño, recién nacido, despierta y nadie duerme. Una tormenta se ha desatado en el Nilo, las aguas mueven su cesta, embadurnada con barro y brea. Llora con toda la fuerza. Hasta que Iojebed lo aprieta contra sí, lo acuna en sus brazos. Y al cabo de un instante, vuelve a llorar. Dos pájaros labrados se miran el uno al otro, desde hace siglos, en la cuna de un rey.

Sobre hojas de palma y bajo el cielo estrellado he de tenerte junto a mí esta noche. Vivir te da miedo y a mí, que te mueras. La tierra palpitante. El adobe de mi casa, naranja y frescura. Para que despiertes sin despertar. De día te acuno sobre una teja. Ea la nana, ea la nana. Mientras trabajo con las manos. Tiene cuerdas para sujetarte, y te llevo a mi espalda cuando vuelvo del campo. Rezo todo el tiempo para que te críes sano, y pongo cintas rojas en tu muñeca izquierda. Tronco de árbol vacío, con dos agujeros, la cuna. En la pintura de Rembrandt la Virgen lee, tiene el libro abierto en su regazo, mira al Hijo dormir. Ángeles descienden  hacia ellos con los brazos abiertos. Ea la nana, duérmete lucerito de la mañana.

Luego amanece.

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