Coreografía

Algunos miércoles quedo con Guillermo y vamos a cenar juntos. Hablamos de agujeros negros mientras decidimos si comer la hamburguesa de siempre o arriesgarnos a otra cosa. Hablamos de meditar danzando geométricamente mientras mordemos el pan y esperamos la hamburguesa de siempre. Hablamos de que nos gusta hacer siempre las mismas cosas que nos gustan, de los gnósticos y los zelotes. De serpientes, de la calma, para que todo brille. Me equivoco de váter, siempre, el mío tiene un cambiador de bebés, me doy la vuelta y entro. Rituales. Hay cosas que se repiten, cada día, inevitablemente, y que son encuentros trascendentales. Cambiar un pañal, limpiar un culo, por ejemplo. Puro materialismo cultural. Pero Rousseau escribió el “Emilio, o de la educación” y, aunque abandonó en el hospicio a sus cinco hijos, es lo que nos parece inspirador.
En la cafetería de la facultad, por las tardes, tomábamos infusión caliente de menta mientras conversábamos. La tecnología de la crianza, era una conversación de aquellas. Marion Donovan, tras el nacimiento de su primera hija, se planteó la necesidad de crear algún tipo de pañal que le ahorrase tiempo, que le evitase tener que lavar continuamente los paños de tela, las sabanas de la cuna y la ropa de la bebé. En 1946 inventó un pañal recubierto con una capa de plástico. Se empezaron a comercializar en la tienda Saks de la Quinta Avenida y fueron un éxito. En cuanto le fue aprobada la patente en 1951, ya tenía sobre la mesa una oferta de compra por un millón de dólares. Éxito. Todas las cosas tienen su historia. El plástico blanco con el que mi abuela me ajustaba el pañal, y que luego lavaba y tendía, también. Prisa y plástico.
No sabía nada sobre Emmi Pikler. Tomábamos café Eva y yo, hablábamos de las necesidades no satisfechas que luego se vuelven fumar, morderse las uñas, tomarse ocho cafés al día. Agujeros negros. Y de esta mujer. Deben ser mirados, los bebés, cuando se les cambia el pañal, mientras les explicamos qué les vamos a hacer, y seguir explicándoles cuando lo estamos haciendo. No manipularles de forma brusca ni forzarles, respetar sus movimientos naturales y aprovecharnos de ellos. Ir hacia donde ellos van. Así, poco a poco, irán entendiendo y colaborando; no sentirán el cambio de pañal, las manipulaciones íntimas de su cuerpo, como actos de dominación, actos en los que alguien ejerce su poder sobre ti. Así lo hacían en Lóczy, la Casa Cuna de Budapest que Emmi Pikler dirigió tras la Segunda Guerra Mundial. Para evitar los agujeros. Con su primera hija, ella la esperó, pacientemente. Tratar de cambiar el pañal siempre en el mismo lugar, en el mismo orden, una coreografía del amor entre cuidadora y bebé. No hacerlo cuando tenga hambre ni sueño, o asociará las manipulaciones e interacciones íntimas con momentos de incomodidad. No apremiarles. No tener prisa. Nunca tener prisa.
Tocar es poner límites entre el cuerpo y el mundo. Llenar el espacio entre ambos.

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