Anemocoria

El viernes comenzó el diluvio universal, aquí, junto a mi puerta. Sobre las rosas que hay cerca del ventanal y sobre las madreselvas, cuyo olor tan intenso atraviesa las paredes de piedra y me inquieta el sueño. Truenos, relámpagos, lluvia de primavera inundándolo todo en un minuto. El huerto de verano lo pusieron ayer, menos mal, porque habría acabado el granizo con todas las pequeñas plantas de tomate, de berenjena, de pimiento. Y de esta forma, solo deshojó las rosas, perfumó el aire, y nos recordó el poder del cielo. Hace solo un rato una amiga del pueblo me ha mandado una foto al whatsapp. Un tablero de ajedrez rústico, he pensado, un tablero de ajedrez pintado sobre una tabla, o sobre el suelo. He recordado que hoy había campeonato allí, y quizás antes haya habido un taller de confección artesanal de tableros… “No”, me dice, “¿No ves que en la madera está marcado tu nombre?”

“ ¡Es tu pupitre de cuando ibas a la escuela!”

Amplío la fotografía. Quizás hayan pasado treinta años.

Las patas de la M y de la N se curvan hacia el final como ramitas que brotan. Seis letras y una raya debajo, que tiene forma de cesto y que las contiene.

Y pensándolo bien, hoy parecía nevar la candelilla de los chopos en el  bosque, y cuatro libélulas brillantes y tres mariposas,  me anunciaron que iba a pasar algo importante.

Anemocoria, así se llama, esa pelusa con aspecto de algodón, el vilano, sirve para que las semillas puedan dispersarse por el viento, llegar más lejos, colonizar lugares diferentes.

El único peligro de los vilanos es que son bastante inflamables, y en la época en que se liberan pueden producir incendios por lo fácil que se prenden.

La tormenta ocurre cuando coexisten próximas dos o más masas de aire de diferentes temperaturas; cuando se alcanza la tensión de ruptura del aire. Depende del grado de ionización de la atmósfera. Se producen nubes de desarrollo vertical que llegan a la tropopausa en torno a los diez kilómetros de altura. Cúmulos y cumulonimbos capaces de producir un trueno audible.  El ciclo de actividad de una tormenta típica presenta una fase inicial de formación, intermedia de madurez y final de decaimiento; que dura en torno a dos horas.

En Cléo de 5 a 7, la película de Agnès Varda, acompañé a una angustiada Cléo en su deambular por el París de principios de los sesenta, mientras esperábamos los resultados de sus pruebas médicas, temiendo lo peor. Una vida de artificio se rompe bruscamente, como el espejito que se cae de su bolso, y Cléo volverá a ser Florence, su nombre real. La vida se llena de vida. Un joven soldado a punto de ser enviado a Argelia le dirá: “Prefiero Florence a Cléo. Florencia es Italia, Renacimiento, Boticcelli, una rosa”. Flora, diosa de la primavera. Podemos hacer, entonces, frente a la posibilidad de la propia muerte. Esta tarde, tras la tormenta, pienso que el tiempo es extraño en su transcurrir.

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