Canciones

Antes de ayer aún llovía a cántaros, y de repente, todo es fluorescente. Mirando hacia arriba, las hojas verdes, aún húmedas, se desenvuelven desde esos tallos grises que parecían inertes hace solo unos días. Las arterias rojizas que cruzaban la fachada, formando una gran telaraña que ha cubierto mi casa durante el invierno, se han llenado de destellos de color verde, recién nacidos.
Hace dos días aún llovía a cántaros, cantábamos en el patio de armas, bajo los arcos escarzanos. Los pañuelos de color coral brillaban. Caminito que junta el valle con las estrellas. El sol y la luna y el canto, que seca las piedras. Ya hay cantuesos. Al salir recojo ramos y me los traigo. Sobre mi mesilla refulgen sumergidos en el agua del pozo. Y su olor es lo último que siento antes de cerrar los ojos. Deja que llore mi cruel suerte, y que suspire. Canta Almirena en mi sueño, raptada por una nube negra. Que el dolor quiebre estas cadenas de mis martirios, por piedad. Por la libertad.
“Yo no compuse Chan Chan, la soñé. Sueño con la música. A veces me despierto con una melodía en la cabeza, oigo los instrumentos, todo muy clarito. Me asomo al balcón y no veo a nadie, pero la escucho como si estuvieran tocando en la calle. No sé lo que será. Un día me levanté escuchando esas cuatro noticas sensibles, les puse una letra inspirándome en un cuento infantil de cuando yo era niño, Juanica y Chan Chan, y ya ves, ahora se canta en todo el mundo”. Una tarde de primavera, allá en el Santiago de las Vegas de los años veinte, tal vez fresca, y cargada del aroma de las flores, como hoy, un joven Rodrigo Pratts puso música a un poema de Gabriel Cravier que le había maravillado. Y una rosa de Francia floreció en Cuba. Vibrando en muchas gargantas ha llegado hasta aquí. Omara Portuondo la canta con Compay Segundo en el Olympia de París. La ensayamos estas tardes. Iborere iborereo a coroná siraguá. Cantan al final de la canción, juntos, para sus orishas. Y se van desde Alto Cedro hasta Marcané. De Cueto a Mayarí.
Cuando estuve lejos, pasaba algunas tardes en el “Favero”, un galpón abandonado junto a la antigua estación de trenes. Gente feliz, aunque no tenga permiso. Alberto Favero es un compositor de La Plata, Argentina, allí viví un tiempo, Mario Benedetti, poeta de un país vecino; juntos, hicieron una canción preciosa para nuestro bis del otro día.
Unas ovejas pastan en los prados de alrededor, todavía inundados, porque la tierra no puede tragarse toda la lluvia. Camino y canto, junto a los pájaros. Hegoak ebaki banizkio, nerea izango zen, ez zuen aldegingo. Bainan honela, ez zen gehiago txoria izango. Inundados de hierba y de flores. Eta nik, txoria nuen maite.
Si le hubiera cortado las alas habría sido mío, no habría escapado. Pero entonces, habría dejado de ser pájaro. Y yo, lo que amaba era un pájaro.

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