Pasión

Hoy no se acaba nunca. Han cambiado la hora, y una hora, parecen cuatro. Hoy no se acaba nunca mirando las montañas rodeada de flores amarillas. Dos veces he salido a andar, porque esta tarde ha durado dos tardes.

Amiga, hermana. Yo me había preparado, había esperado en casa, había dilatado cinco centímetros en sus brazos, arañando el sofá, encima de la cama y por el suelo. En la ducha. Bebiendo agua fresca. Había ido rápido. Llegué y en cuatro horas ya estaba en dilatación completa. Era túnel y canal oscuro, toda entera.  Comenzaron a decirme que no bajaba. Que no bajaba. Hierbas amargas, vinagre. Yo era una diosa rebosante de vida. Él era mi amor. Y no bajaba. Las corrientes de energía que recorrían mi espalda yo ya no sabía si eran de vida, o de terror. El sol se puso y el dolor se hizo fuerte, porque no venía. No baja. Sufre. Sufre de color verde. Con olor al primer olor. Nos habíamos preparado para confiar en la vida y en los hombres. Y no baja. Y me durmieron la cintura.

Y al despertar, yo ya no era yo. Partida en dos. Las rosas del prado, las aguas cantarinas. Mis amores profundos. El mundo y sus habitantes. Era otra cosa. A mi lado, el pequeño pozo misterioso e insondable. Insondable y húmedo. Las corrientes de energía que iban de un lado a otro de nosotros, yo ya no sabía si eran de vida, o de terror. Cesárea, puerperio, lactancia. Plenitud redonda y anaranjada ¿dónde estás? Cabello revuelto por el viento, olor a romero. Flores. En esta negrura a veces me veo, como un destello ¿Y mi tormenta? ¿Mi océano en la cabeza? ¿Mi fuerza desmedida?  ¿Mi milagro?

Hoy no se acaba nunca. Estoy cansada y no baja el sol. Sigue iluminando las últimas nieves. Sale la luna y el sol no se pone. Porque de repente ha explotado la Tierra.

Este Domingo de Gloria revivo mi nacimiento, el nacimiento de mi hijo. Después de misa han tirado petardos y los perros se han metido entre nuestras piernas, aterrorizados. Soy una madre partida en dos. Como lo fue mi madre, después de treinta horas de gritos. Siguiendo sus pasos me fui hasta la misma cueva, y allí me abandoné a vosotros. Y vosotros que la heristeis me heristeis también a mí. He lavado mi culpa.

A veces se duerme una sola pierna. A veces aceleran las contracciones y no da tiempo de sentir la vida a través tuyo. Me pregunto la razón. A veces sientes cómo te están rajando. Hablan como si no estuvieras, como si estuvieras sorda. Te tocan los pechos, hinchados y rosas, sin delicadeza. Y tú aprendes, enseguida, a pensar en ellos de igual forma. A pensar en ti de igual forma. Eres la mujer rajada, inútil, encamada. Pero lo eres todo y tus hijos, serán o no serán, de ti depende.

Todo se ha detenido dentro, pero querría correr.

 

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