Lluvia

Hemos notado durante los breves paseos, cuando la lluvia nos da tregua, que el campo se está llenando de florecillas blancas. Y que parece un cielo estrellado. También de flores amarillas, de las que me iba comiendo de pequeña, con Esperanza, pan y quesillo. Mañanas y tardes con igual luz, noches acunados por el sonido del agua que cae. La alegría del agua. Al fin. Vamos a ver las gargantas que bajan caudalosas y violentas, y da miedo conducir en medio de tanta negrura.
Hace solo siete noches desde que vi a un hombre avanzar torpemente bajo esta lluvia, ensangrentado. Solo siete noches desde que se desplomó en nuestro salón mientras pedía perdón por mancharlo con su sangre. Cuatro brechas largas y profundas en su cabeza, su mano izquierda hinchada, ensangrentada, deformada, rota. Su angustia. Le escocía la cara y no podía vernos, ni nosotras, explicarle qué pasaba. Le habían pegado, le habían apaleado y abandonado sobre la tierra fría. Y se habían ido hacia la casa donde le esperaba su mujer. Pero él no había vuelto, habían llegado otros a romperle las costillas, a golpear su cabeza. Y cada uno, después de padecer la violencia del mundo, pensaba en el otro. Y lo creía muerto. Han pasado seis días dentro de mí. Y cuando me han gritado desde fuera, yo ya no quería más habitar este sitio.
El cielo está blanco. Cuando la voz que canta a mi lado en el coro llega hasta ahí, a ese tono alto, tiembla de emoción y se rompe. Se transforma en grito. Unos ojos cerrados y un prado verde. Habían pasado cosas maravillosas hacía solo diez noches. El sol sobre nosotros. Y sobre las mesas, cientos de libros brillantes. La amistad, la poesía, los encuentros. La tierra estrellada. Más acá del océano. Cabellos enmarañados. Bailar y beber vino. Escuchar el viento bajo el tejado. Cómo suena, tartamudea. Las mimosas y las flores de los almendros.
Este domingo, que la lluvia también dio una tregua, que salió el sol y casi sobraba el abrigo, nos reunimos gente en la plaza para sanar la herida. La de la violencia que sacude, a la que buscamos explicaciones, pero que es tan intensa y tan cercana, y es tan dolor descarnado en los cuerpos de otros que podría ser yo. Asusta, y da ganas de llorar.
El camino que hacemos pasa a unos metros del lugar de la tristeza. Me detengo y miro hacia allí con respeto. Espero que ellos estén bien. El musgo en las piedras tiene un verde tan hermoso tras las lluvias que parece amortiguar la punzada del recuerdo. Pensemos en otras cosas mientras caminamos. En el débil sol que brilla un instante entre los robles. Pensemos. En el advenimiento del Silúrico, cuando plantas acuática comienzan a colonizar las superficies. Una espora haploide, que germina, creando un protonema, al lado norte. Pequeños poemas sobre el musgo. Para amasar pan en Finlandia, las épocas de hambruna.

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