Grullas

Los días de febrero que duraba el Carnaval yo siempre llevaba un vestido muy fino y con mucho vuelo, extraños dibujos en tonos morados,  muy diferente de la ropa que veía habitualmente. Mi madre, desde su pueblo, emigró a la ciudad para estudiar. Mi padre, desde su pueblo, emigró a la ciudad para estudiar. Un cordel con dos pequeños cascabeles en los extremos cerraba el escote en forma de lágrima bajo mi cuello. Un pañuelo de seda marrón y naranja en la cabeza. Eres una cíngara.

Mi padre, mi madre y yo escuchábamos la ronda, el señor cartero era el que tocaba la guitarra. Otro la botella de anís. Dentro de los bares hacía menos frío. “Padre nuestro que estás en los Cielos que bien se compone mi morena el pelo que santificado que sea Tu nombre que bien se lo peina que bien se lo pone”. Mi madre me pintaba una raya de color verde en cada párpado, y un círculo en la frente.

Al anochecer regresan las grullas a sus dormideros dentro del embalse de Rosarito. Hemos ido a verlas volar en uve y llamarse, unas a otras, con su canto. Como cada año, han venido desde sus pueblos del norte. Hay que andar bastante este año porque el embalse está muy vacío, y esconderse entre los pinos, para no asustarlas. Nosotros nos sentamos sobre la tierra seca y esperamos hasta que el sol se puso; entonces comenzaron a llegar, a cientos. En un crepúsculo naranja y con la luna llena colgando sobre el agua, cada vez más brillante. Las nieves cubren su alimento durante el invierno, vuelan entonces hasta aquí, acompañadas de sus crías de ese año. Se alimentan en las dehesas y los sembrados, de bellotas, bulbos, semillas, brotes, pequeños invertebrados. Grupos de tres, cuatro o cinco, dos adultos y sus crías. Su refugio en la noche son las islas acuáticas.

En unos días se habrán ido.

El 12 de noviembre de 1556, atravesando la Sierra de Tormantos, el Emperador Carlos V llegó a Jarandilla de la Vera. Permaneció allí los tres meses que tardaron en finalizar las obras del Palacio de Yuste. Adosado a la Iglesia del Monasterio y orientado al sur, quería que se pareciera todo lo posible a su casa natal en Gante. Así que esperó.

Era el vestido que mi madre llevaba cuando estaba embarazada de mí. Un vestido mágico para ir a pedir los chorizos y los huevos con los quintos, corriendo detrás de ellos, en la mañana gélida, cerca del lavadero.

Emigramos a la ciudad para que estudiara yo. Otros marcharon hasta Francia antes de la Segunda Guerra Mundial.

Vino desde Flandes para curar la gota. Su sueño de un Imperio Universal bajo el poder de los Habsburgo, fracasado. Como miembros del séquito real hicimos el que fuera su último viaje. Falleció de paludismo. Un mosquito proveniente del agua de uno de los estanques construidos por el experto en relojes e ingeniero hidrográfico Torriani. Probablemente.

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