La Montaña mágica

Me gusta ir algunos fines de semana, y luego volver, cuando ya anochece, y las luces de la ciudad, ahí abajo, se van encendiendo. Me dejo estar un rato en el mirador, de frente al viento frío; o al final de la escalera, resguardada.  Entro en la ermita para oír mi corazón, acelerado con la subida. Un abrigo de color beige con el cuello y las mangas con estampado de leopardo, ese es mi abrigo de subir en invierno. Lo he heredado de mi madre. Los caballos sacan sus cabezas por encima de la valla junto a las cruces de piedra del calvario. El campo se come las casas y la carretera; y el cielo rosa y naranja las esconde. Menos mal.

La primera vez me subieron en coche, con unas amigas, y no me pareció nada del otro mundo. Otra vez subí el coche yo, olía a verano, me fijé en los árboles a la derecha del mirador, y me apoyé en sus troncos, en una zona oscura. Con Guadalupe me gusta subir y tomar café en el bar, frente al ventanal, cuando no  hay nadie. Una tarde me enseñó todas las fuentes. Con Juanpe caminamos por la parte de abajo, siguiendo una caminito que sale de Fuente Concejo y que enseguida nos hace sentir que estamos en pleno campo. Con Fernando conocí los atajos. Una vez subí nueve días seguidos para pedir un deseo.

Hace unos años yo vivía en una casa desde la que veía el santurario, justo enfrente; también veía un caballo que pastaba un poco más abajo. No había nada delante, así que veía salir el Sol por la Montaña, trazar su elipse y ponerse, al otro lado. Así pasaban los días. Me sentaba a tomar café en la mesa de la cocina y a través de la ventana,  la hierba verde se ondulaba con el viento.  Cuando llovía era precioso y con los meses, se iba poniendo todo pajizo; brillaban más las paredes blancas allá arriba. Y los cielos, al amanecer y al atardecer, mientras comía rajas y rajas de sandía helada, hasta acabarla. Antes de bajar, por ejemplo, a un concierto en los jardines del museo.

El bosque es leñoso, espinoso, aromático; de encinas, lentisco y jaras, madroños, romero, tomillo, quejigos y alcornoques. Soportan la aridez estival, y en delicado equilibrio, guarda la humedad en sus hojas y sus raíces, para que esta tierra no sea un desierto. Lagartijas, sapos, águilas, jilgueros. La mina abandonada, los restos de cimientos del antiguo sanatorio de tuberculosos. En el frigorífico tengo un queso de cabra, hecho con la leche de los rebaños que vuelven a pastar por la Sierra de la Mosca. Es fuerte. Hace un rato lo he partido en pedazos pequeños y lo he puesto por encima de la crema de calabaza. La historia de la Montaña se teje con la nuestra, aunque solo sea de cuando miramos al horizonte, cansados, a mitad de la tarde,  y la vemos sin querer.

 

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1 comentario en “La Montaña mágica”

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