Nieve

La nieve es otro lugar, más silencioso. Queremos ir allí. Caballos castaños se hunden hasta los lomos, levantan sus cuellos, mientras avanzan. Desde aquí, miramos las cumbres blancas y un viento polar nos corta la cara. Cuando sonaron las doce  campanadas de la media noche se puso Jarramplas a caminar hacia atrás. A los veinte de enero, cuando más hiela. Algunas veces subimos al pueblo en coche, otras en autobús.

Las cintas multicolores de su traje, la cabeza cubierta con una máscara de dos cuernos. La máscara alucinante en forma de mitra con grandes dientes como las fauces de una fiera. Crines de caballo que mueve mientras baila y desafía. La máscara se ata fuerte al traje con unas correas. Y la catarsis, cuando sale de la iglesia parroquial o aparece por un lado de la plaza tocando el tamboril. Una lluvia de nabos al ladrón de ganado. Veinticinco mil kilos. Cuanto más se aguante la mandá, más orgullo, más fiesta. Atado, asaeteado. Matado a palos. En el monte tú fuiste martirizado. Y que luego renazca. Para que vuelva a salir por la tarde.

Tocan a regocijo. Hay una procesión que corre. Se besan los pies del santo, se subasta el honor de subirle al trono. Sin máscara, le mira cara a cara el Jarramplas, tocando el tambor de rodillas desde la puerta de la iglesia hasta el altar. Su mujer está dormida. Y si no se levanta, no come migas. Ronda por las calles. Migas que son por la noche. Mientras a San Sebastián la muerte abraza, el pueblo a los demonios mata a pedradas. Pero los dos son uno, y lo mismo. Y el pueblo es también uno solo, al fin,  sin enfrentamientos ni contradicciones. Beben vino de pitarra y cantan. “Para mí, Jarramplas significa todo, es un orgullo y es lo más bonito que hay. Llevo diez años esperando este momento y ahora que llega tengo los nervios en el cuerpo”.

No he visto nevar muchas veces. Aquí no nieva tanto. Una noche nos pusimos los anorak, yo el rojo y mi hermano el suyo, azul, y los guantes de portero. Mi madre nos dejó bajar a la calle aunque ya estábamos con el pijama puesto; había empezado a nevar fuerte y estaba cuajando. No había nadie, no se oía nada; las luces de las farolas eran tenues y hacían brillar el hielo. Nos perseguíamos alrededor de la fuente de la plaza de detrás de casa, tirándonos bolas, trozos de nieve de las lunas de los coches, que se cogía mejor, riendo de una manera desaforada. Corríamos y corríamos y corríamos y empezamos a revolcarnos por la nieve. Cada vez más eufóricos. Juntos. Como uno.

Al niño que repite qué le diremos, al niño que repite, qué le diremos. Que este Santo bendito, lo lleve al Cielo. Aún me acuerdo de aquella noche. Debió de ser un ratito corto, seguro que mi madre nos llamó enseguida. Pero quedó congelada en mi memoria. Eterna.

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