Un aristocrático codo desnudo

Amaneció nublado, la luna, casi llena, acompañó mi noche. Recuerdos del pasado. Champán. Promesas de futuro. A ver si el año que viene encuentro trabajo. El turrón.  Las decepciones.  Ropa nueva. No me dio tiempo de tragarme las doce uvas. Vimos las campanadas por la tele. La abuela se quedó dormida poco después. Al salir a la calle hacía tanto frío que maldije a la noche y al traje. Pero las luces encima de mi cabeza me consuelan un poco. Y a medio camino, cuando nadie me veía, me he abrazado a un árbol.

Las risas de mi familia alrededor de la mesa llegan hasta la habitación donde leo “Anna Karenina”.

Amaneció nublado, vestidos de blanco dábamos vueltas alrededor del pequeño patio, nos estaba prohibido hablar, solo estar con nosotros podíamos, sujetarnos fuerte al miedo, en el último día. No comer ni beber. No dormir. Esperar. Porque vendrán por nosotros.

El cordero se asaba a fuego vivo. Sonaba cumbia a todo trapo, después comenzaron a tocar guitarra. “Yo siento que la vida se nos va, y que el día de hoy no vuelve más”. El cielo sobre el río se llenó de fuegos artificiales, humildes y milagrosos. Un perro asustado se metió entre mis piernas. Un gato asustado corrió hacia la noche. Bochorno. A ver si Macri no nos quita todo. Torta y fernet. Cerca de aquí yo sé que los lobos marinos descansan junto a la playa, que hay loros salvajes de un verde que brilla. Pero aquí dentro hay una piscina de fernet y afectos y afectos y afectos como tentáculos.

Ha recortado un pequeño cuadrado de papel que cabe justo en el sobrecito. Todo malva. El bolígrafo también. De una tinta malva que deja un rastro de purpurina. Me dice que escriba ahí mis deseos para el nuevo año. Que luego podré quemarlo en la chimenea. Que así se cumplirán. Arriba, en el monte, los monjes darán 108 golpes a la campana. Las hojas secas de roble que cubren el camino centellearán congeladas bajo la luz de la luna. 108 deseos no me caben en el cuadrado de papel.

No dejo de pensar en ese ordenador al que le han metido las reglas del ajedrez y ha aprendido solo, jugando contra sí mismo, en unas pocas horas, a ser el mejor ajedrecista del mundo. Sus lógicas no son humanas. Sus jugadas, no son las jugadas de los humanos. Qué pueda eso significar ocupa mi pensamiento. Cosas como la traducción del lenguaje de los animales por san antonios informáticos. El señor de la tienda de comestibles me ha felicitado el año, me ha regalado una bolsa de tela, me ha regalado un calendario de 2018. Otra revolución copernicana. He caminado hasta el Paseo Alto y me he descalzado. No sé tampoco qué pueda significar eso.

Esperar. El resto será destruido. No nos han explicado cómo. Pienso en mi madre y me dan ganas de avisarle. Doy vueltas, más vueltas. Esperar. Es ya demasiado tarde.

 

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