Las raíces mismas del ser

Cinco pájaros azulejos se posaron delante de la casa esta mañana mientras tomaba café. El olor de las flores de los nísperos me acompaña. Durante las horas de sol hemos andado hasta el castro, y hemos vuelto. El Almanzor protege el lugar de los vientos del Norte, y desde arriba, se divisa todo el valle. Vetones vivieron allí entre los siglos III y I antes de Cristo, hasta la llegada de los romanos. Entonces, obligados a abandonar las zonas altas de difícil acceso y fácil defensa, ocuparon las tierras del llano. Helechos marrones y amarillos llenan la última parte de la subida. Veinte hectáreas, trescientas casas, unos 1500 habitantes, la muralla. Sus casas de piedra, barro y madera tienen el hogar en el centro, y un banco corrido sobre el que hacer la vida. Un exvoto de bronce ibérico y una manecilla de braserillo, dos falcatas y un puñal, fragmentos de sigillata, la base de un ungüentario de vidrio y un compás de hierro. El santuario de Postoloboso, algo retirado, se construyó en honor al dios Vaelico, aunque ha llegado a nuestros días como ermita dedicada primero a San Juan y luego a San Bernardo de Candeleda, eremita local del S.XII al que se atribuyen poderes contra el mal de la rabia. En la confluencia de la garganta de Alardos, que baja desde Gredos, con el río Tiétar. Vaelico, dios protector de los  bosques y las montañas. La llanura a sus pies.

“Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas”. Ya en casa leí a algunos viajeros ilustrados y otros románticos que visitaron España entre los siglos XIX y principios del XX. George Borrow. “Tengo para mí, que el hombre nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no querrá abandonarlos jamás”. Théophile Gautier. “Yo estaba embriagado de aquel aire tan vivo y tan puro; me sentía tan ligero, tan alegre, tan lleno de entusiasmo, que daba gritos y saltos como un cabritillo. Hubiera querido hacerme arrollar por todas las cascadas, meter los pies en todos los manantiales, coger una hoja de cada pino. Mezclarme con aquella Naturaleza y fundirme como un átomo en aquella inmensidad”. Ellos escribieron así.

“Nada hay que se parezca tanto a una montaña como una nube”.

Las copas amarillas de los árboles parecen refulgir cuando anochece, la hiedra sobre las paredes de la casa, que se ha puesto tan roja. Una liebre blanca y gris corría en el ocaso, y Bruce, uno de los perros que vive con nosotros, despeinado y desdentado, empezó a correr detrás a toda velocidad.

“Todo lo que forma el carácter del paisaje se une, por un antiguo lazo misterioso, a la vida sentimental del hombre. El espíritu, oprimido en el presente, retrocede voluntariamente hacia la edad primitiva, y se alegra con la grandeza sencilla de la Humanidad”. Wilhem von Humboldt.

 

 

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