Excursión

Tomando a la izquierda el antiguo camino -que en principio desciende cementado, apareciendo metros más abajo el empedrado original- se llega, en zigzag, hasta el puente sobre la garganta. Se cruza, a la sombra de un frondoso bosque de alisos, y se sigue a la derecha, por la margen izquierda de la garganta. El aire es ya muy frío sobre las mejillas y los cuellos, los labios se secan: buscamos el sol y hacia él caminamos. Nada nos imaginamos leyendo este libro de rutas, únicamente seguimos las señales blancas y verdes y miramos hacia delante, donde corren los perros. Nos alejamos del pueblo. Al llegar al arroyo se vadea y enseguida, en una bifurcación, se toma el camino de la derecha, que se mantiene próximo al cauce de la garganta. Por encima de nosotros vuela un águila real, se oyen ladridos, la tierra está húmeda y las cumbres nevadas. El camino discurre paralelo a un antiguo caño de agua para riego, que sirve de sendero, antes de comenzar el descenso, alejándose de la garganta y discurriendo por una calleja entre prados y olivares. Están madurando los kiwis. Vamos a ir a cantar todos los lunes a última hora, a cantar el “Aleluya” de Leonard Cohen, con el coro del pueblo; de eso hemos venido hablando. He oído que existe un acorde secreto que David solía tocar, y que agradaba al Señor. He visto tu bandera sobre el arco de mármol, cuando la paloma blanca volaba, cuando cada suspiro era un aleluya. Se pasa  bajo dos grandes ejemplares de madroños. En frente el robledal. Dentro del robledal, del musgo y los helechos. De los líquenes sobre los troncos. Las sombras, la suavidad de las pisadas sobre las hojas. El asombro. La viste bañarse en el tejado. Su belleza y el brillo de la luna. Rompió tu trono y cortó tu pelo. El agua en el fondo.  Hay un resplandor de luz en cada palabra. La calleja se ensancha al llegar al alto, pasando junto a una casa donde giramos a la izquierda hasta la pista de cemento que hay unos metros más adelante. Y se termina la magia. Se toma a la derecha un descenso, una curva pronunciada, hasta un camino de tierra. Y de nuevo comienza. Voy a buscar en Google cómo hacer mermelada de kiwi.

Junto al charco más transparente nos comemos las almendras, la tortilla, el queso, las galletas. Los perros olisquean el aire. Las manos duelen si las metes en el agua. Sobre una piedra nos estiramos. Luego, al volver, tomamos café en el chiringuito y apretamos el paso porque pronto será de noche. Estas mañanas, al salir de paseo, la hierba está blanca y brillante porque ha helado. El campo entero. El sol colorea las montañas de naranja detrás de mí. Giramos a la izquierda, ascendiendo por el sendero paralelo a un viejo canal, que pasa bajo unos grandes ejemplares de almez.

No es que me esté lamentando. Es un frio y roto aleluya.

 

 

 

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