La boca ardiente y el aliento a fuego

Más allá de las cinco de la tarde hace ya demasiado frío, el agua es oscurísima, y todo el charco está en sombra; pero si vamos un poco antes, aún podemos nadar en el agua helada, transparente y llena de peces, y después, sentarnos en una piedra para que los últimos rayos intensos del sol de estas tardes nos calienten. Al pasear, ya empieza a oler a pimentón cerca de los secaderos. Hogueras de madera de encina o roble ahúman los pimientos durante diez días: jaranda, jariza, jeromín, bola. Manos expertas los voltean.

Cristóbal Colón fue por pimienta a la India y trajo pimientos. Él bautizó así al axí que los indios caribes usaban en todos sus platos, enteros o molidos. El 15 de enero de 1493 escribía en su diario: También hay mucho axí, que es su pimienta, della que vale más que pimienta, y toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana; puédanse cargar cincuenta carabelas cada año en aquella Española. A su llegada a España, los Reyes Católicos “probaron el ají, especia de los indios que les quemó la lengua”, escribe López de Gomara en su “Historia general de las Indias”. A este lado del mar, también podíamos plantar pimientos en nuestros huertos y en nuestras macetas, y podíamos secarlos y molerlos. Echarlos a los chorizos en la matanza, echarlos a las migas y al cabrito, a las sopas y al tomate, al arroz.

El comerciante griego Eudoxo de Cícico se embarcó en una expedición al continente asiático de donde vino cargado de piedras preciosas, azafrán, clavo, jengibre y pimienta: arbusto trepador, parásito de los grandes árboles de los bosques tropicales de la India a los que se encarama hasta alcanzar seis o siete metros de altura.  Los romano la trajeron a Iberia. Del latín “pigmentum”, se podía comprar la libertad con 500 gramos de pimienta, y  en la Edad Media, un pequeño saco valía lo que el salario de un trabajador durante toda su vida. En las mesas más ricas, perfumando el mejor vino, en emplastos milagrosos. El esplendor de Venecia durante el Renacimiento se debió a su comercio; desde las Indias Orientales, los árabes la vendían a genoveses y venecianos, quienes la distribuían por el Mediterráneo.

En 1.453 Constantinopla cae en manos turcas, todo esto para.

Numerosos navegantes se echan entonces a la mar para trazar nuevas rutas hacia la India. Colón “descubre” América; Vasco de Gama abre la ruta africana,  y lleva a la India el pimiento que Colón trajo de América.

Parece ser que antes de eso, en la comida india predominaban los sabores dulces y afrutados. Nada que ver con los thalis que compartíamos Sabela y yo en los restaurantes de carretera del Rajastán. La boca ardiente y el aliento a fuego, todo el día, como escribía en 1784 Jean Marie Jerome Fleuriot, marqués de Langle, en su “Voyage de Figaro en Spagne”. Ojos llorosos y  narices moqueantes.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s