Rezando a las serpientes

Se están secando las fuentes, y ni siquiera los viejos recuerdan cuándo ocurrió por última vez, si es que ocurrió. No se habla de otra cosa. Si pudiera haberme traído el monzón, que es como un río que cae desde el cielo. Pero solo era yo una humana extranjera en medio de esa lluvia torrencial; tomando té debajo de los toldos. Hanuman, el dios mono, podría traer el monzón en la palma de su mano. Una vez trajo una montaña, allí se escondía la planta medicinal necesaria para curar a un héroe. Un saree plateado centelleaba olvidado en una acacia en la mediana de la autopista, mientras, yo masticaba despacio todas las nubes de nuestro aterrizaje suave sobre Nueva Delhi. Entonces le vi allí, a la izquierda de aquella rotonda, con el templo entre sus piernas. De rojo, como una mujer casada.
Las raíces voladoras las creó Vishnu, y los tendidos eléctricos que cuelgan sobre Old Delhi, todo un enjambre de gentes de diez brazos: un loto, un tridente, un cuenco, una espada, un mudra, unos ladus, un libro, un destornillador, un mala, un peine.
Encima del cristal del cuadro de Lakshmi, a la altura de su boca, alguien había colocado una pasta dulce: sémola, mantequilla, azúcar y agua. Había caléndulas sobre el pequeño alféizar delante de la imagen. Lakshmi en un loto rosa, joya de las aguas, que levanta su mano para bendecirnos. En octubre, todos limpian e iluminan sus casas para que les visite. Una lluvia de monedas de oro cae de su cántaro. Franqueada por dos elefantes con las trompas en alto, en cada negocio, en cada hogar. Hasta en aquel lugar alejado al que llegamos empapadas, en aquel pequeño templo nos sonreía de nuevo sobre su flor.
Me conmueven las esquinas desgastadas de la alfombra frente al altar de Kali; los pájaros de media cara naranja que solo he visto en India, y que cruzan por entre los controles de las autopistas. Los cocos rotos frente a su imagen de guerrera. Ese gran templo moderno al que fuimos, a imitación de aquellos de Karnataka donde Marta sintió una forma de plenitud; de Khajuraho, donde Rocío hace sonar en su cabeza los cascabeles de sus tobillos. Ese no. Aunque las que honran a Kali, los que conducen, acudan allí cada tarde para asistir al espectáculo de luces. Embelesados.
Ganga, el Ganges, diosa intensa y caudalosa bajo los puentes colgantes. Nos bañamos y dejamos pequeñas velas encendidas en barquitas de hojas y flores que se lleva la corriente. Ofrendas diarias. Aún hay luciérnagas en India, y al final del Aarti las mujeres bailan, cuanto más alocadamente, mejor. Tigres y elefantes salvajes a las afueras, perros tan contentos que parecen zorros. Om jai jagdish hare. Cada vez que abro los ojos tengo ante mí un regalo, ¿Ear cleaning, madam?
Los extranjeros no tenemos Dios, por eso vamos de un lado para otro. Rezaremos a las serpientes para que llueva de una vez.

 

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