Cuento de otoño

El trabajo rutinario nos distrae de los procesos digestivos, los cambios de presión arterial, de temperatura. A veces suena una tripa, más o menos fuerte. No es dolor pero tampoco es hambre. Será un idioma que no entendemos.
El color de las uñas pasa de rosado a blanco, y luego a morado, si hace frío de veras. Cosquilleos y pequeñas contracciones se repiten, día tras día. Sin explicación alguna.
Será el viento del otoño soplando dentro. Caminar kilómetros de madrugada para convencerse de que las piernas funcionan, el corazón late, una está. No saber muy bien dónde.
Hoy parece que cae desde el cielo un polvo fino, dorado, casi invisible. Por qué será que yo lo vivo con tanta aprensión. Siento cómo el polvo se va posando en mi cuerpo, aunque vaya vestida. A veces me baja por la axila y noto un cosquilleo. La zona bajo las costillas se va llenando y llenando, sin llenarse nunca. La boca del estómago. Me he cruzado con una amiga, yo estaba muy nerviosa sintiendo cosas raras, como estar rebozada en arena del Sáhara, ella me ha dicho: “Hermana, tus ojos y tu piel resplandecen como un rayo de luz entre las hojas amarillas de los castaños”. Entonces he seguido andando con la boca abierta de después de la risa y me he tragado sin querer una candelilla de algún árbol tardío que volaba por el aire. No creo que sea posible que arraigue en mi interior. Los jugos gástricos lo impedirían. Pero sus raíces salían por mi vagina y sus ramas por mi boca. Me ha dado un escalofrío. Los pájaros anidaban y se apareaban sobre mi cabeza en una fiesta de la fecundidad.
Con la emoción del primer día no debí de darme cuenta, pero al volver a casa casi no podía caminar. Temblaba. Y tuve miedo de una enfermedad neuromuscular que hubiera debutado en mi clase de yoga. Los mantras modifican la orientación de los átomos, la estructura de las moléculas. El investigador japonés Masaru Emoto demostró, a través de experimentos reproducibles, que las palabras, pensamientos y emociones humanas pueden alterar la estructura molecular del agua, tanto positiva como negativamente. Puede que no entone el Sat Nam como es debido.
En los viajes en coche, por cortos que sean, me desdoblo, para que en caso de accidente el herido sea mi fantasma; o sea yo la herida, y entonces mi fantasma quede libre ya del cuerpo físico y se vaya a las nubes o a Saturno, y descubra cosas como que hay vida más allá de la muerte, túneles, luz cegadora, agua en otros sistemas solares y hormigas rojas que fueron sultanes.
Me esfuerzo en abandonarme a la Madre-Todo. Quizás Ella me está enviando la Tierrilla Dorada Para Que Me Ilumine. Eso dice mi profesora de Kundalini. Yo no estoy tan segura.
A veces pica o duele y no hay nada que puedas ver. A veces el corazón late demasiado rápido, o a destiempo. Es inquietante.

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