Perro

El perro que se quedó a vivir con nosotros se llama Inchi. Es un nombre raro, pero empezaron a llamarle así y así se le quedó. Una onomatopeya, una exclamación más bien, de cuando Dani tenía 12 meses; decían que le llamaba de esa forma. Una interpretación de una exclamación de un bebé. El nombre común de la Plukenetia volubilis, el maná de los incas, también es inchi. Cultivado y esmeradamente cuidado por las comunidades de la Amazonía peruana, sus frutos son como estrellas verdes de cuatro puntas llenas de semillas de color marrón; llenos de proteínas, de aminoácidos, de ácidos grasos esenciales y de vitamina E. Curiosamente el propio Coromines, cuando trata de la etimología de la palabra perro, apunta como lo más plausible un origen expresivo en la interjección usada para llamar al animal, u onomatopéyica de su gruñido. Inchi, bueno para el corazón.
Una vez soñé con un perro negro que corría parado. Su brillo sobre un fondo pardo. Detrás había un paisaje parecido al de los llanos de Cáceres en pleno julio, aunque también podría ser el interior de la Ilha do Sal de Cavo Verde o el desierto de las Bárdenas al sur de Navarra. Como en un trávelin, mi cámara interior iba dando la vuelta en torno al animal: su hocico y sus orejas hacia atrás, los ojos entrecerrados por el viento desplazado por la velocidad. El lomo, con los pulmones llenos, la cola un poco elevada, las patas traseras en el aire. Su tensión contenida. Ahí acababa el sueño. Con el perro siempre detenido. La maga me dijo que eso me estaba hablando de la necesidad de ver las cosas desde distintas perspectivas. Pero ese perro apareció un día. Medio muerto de hambre y de sed, y maltratado.
La domesticación del perro comenzó cuando ellos se acercaron a vivir junto a nosotros. La evidencia fósil más antigua de un perro domesticado fue encontrada en la cueva Goyet, en Bélgica, y es de hace 31 700 años. Los emigrantes de Siberia probablemente atravesaron el estrecho de Bering en compañía de perros, y el uso de perros de trineo podría haber sido vital para el éxito de las oleadas migratorias que llegaron a Norteamérica hace 12 000 años. En la tumba del Señor de Sipán, antiguo gobernante Mochica cuyo dominio abarcó todo el norte del Perú, descubierta intacta por el arqueólogo Walter Alva en 1987, se encontraron restos de un perro.
Esta mañana, cuando ha venido a saludarme, estaba todo manchado y olía fatal. No sé dónde se habrá revolcado. A duras penas le he bañado y perseguido con el barreño para aclararle. No se va el olor de mis manos. Después de tirarse en la arena ha encontrado un hueco entre la hiedra junto a la pared de la casa, casi no se le ve. Hay unas flores azules junto a sus patas y me mira camuflado con esos ojos de tristeza infinita, profunda e inconsolable que tiene.

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