Pimientos y perseidas

Desde la tarde en que aquella libélula azul se posó en el dedo gordo del pie de Rocío hasta hoy, que las hojas de los alisos junto al arroyo ya empiezan a amarillear, ha pasado un largo verano. El gigante se va quedando dormido. El bullicio de la piscina es menos. Desde aquella tarde en que volví a ver libélulas, arañones flotando encima del agua, posando sus patitas, peces de todos los tamaños en apenas dos brazadas. El calor no da tregua. Dormimos siestas largas y despertamos para ver las perseidas. Llenamos las botellas con el agua de la fuente y cerca de nuestras casas hay caminos que parecen un cuento.
Todos los días salgo a pasear cuando está atardeciendo, la hierba de la cuesta está tan seca que da miedo. Luego llego a la encrucijada de los tres caminos. En uno hay moras y va hasta el pueblo. Ese es el más largo. En otro, mosquitos que se meten en los ojos para poner sus huevos, y hacia la mitad, los robles juntan sus copas y en algunos troncos hay líquenes y musgo. Ese va hasta la carretera, y caminando un poco más, se puede llegar hasta un charco cercano y bañarse cuando aún no hay nadie. El tercer camino atraviesa un arroyo, ahora seco, atraviesa una explanada llena de helechos, un antiguo secadero de tabaco y llega a un olivar. Allí a veces me encuentro a un cabrero con su piara. La última vez las cabras acababan de parir y había tres o cuatro chivos. El sonido de los campanillos me acompañó un buen trecho mientras regresaba.
Ayer la luna pasó justo delante del Sol y lo tapó, pero yo no vi nada. Estaba hablando con Teresa sobre el gusano que mata los geranios, los invade, escarba sus troncos y los seca por completo. Mis pobres geranios. Al parecer se veía una muesca en el Sol de la tarde, como un mordisco. La cabeza inmortal de Rahu, el demonio hindú, vaga eternamente tratando de alcanzar al Sol y la Luna, a veces los muerde, se los traga, y reaparecen. Hace años hubo otro eclipse: todos los niños del pueblo mirábamos al cielo con pedazos de cristal oscuro, gafas de dos colores, y alguna gente con radiografías. No recuerdo si vimos algo. Recuerdo la gran expectación. Hoy, mientras preparaba el desayuno, sobre la hierba de la pradera estaba posada una abubilla con su copete de plumas desplegado. ¿Me contaría, también a mí, de la Reina de Saba y de su magnífico reino escondido?
El huerto de Antonio está lleno de pimientos, y grandes plantas de albahaca verdes y moradas crecen a uno de los lados. Los higos y las uvas cuelgan de la higuera y del emparrado sobre el cenador. Por la mañana recojo pimientos, y por las noches ceno pimientos fritos. Después me tumbo sobre la tierra. Hace dos días vi una estrella fugaz. La última perseida del verano. Y pedí mi deseo en silencio.

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