De repente, el verano

El día del Corpus hace ya demasiado calor; las diosas de Lagartera se abanican por debajo de sus faldas, y aunque pisen orgullosas la menta y el romero, las gotas de sudor empapan sus pañuelos y sus calzas. Ha llegado este verano entre exquisitos bordados y Niños Jesús vestidos de lagarterana. Décimo domingo después de la primera luna llena de primavera del hemisferio norte. En 1263, mientras un sacerdote celebraba la misa en la iglesia de Bolsena, al romper la Hostia Consagrada brotó sangre, es probable que se tratase de prodigiosina, un pigmento rojo en el pan segregado por la bacteria Serratia marcescens. Prodigiosina, del color de sus medias y de sus faldas bajo los cien volantes de oro. En 1447, salió la Hostia Santa en procesión por las calles de Roma, antes custodiada siempre dentro del templo. Y los de la Comunión de aquel año nos volvíamos a poner los vestidos, el pequeño bolso que colgaba con un cordón de la muñeca, los zapatos blancos.
La tarde del 23 de junio íbamos las amigas a pedir rosas a las mujeres que tenían huerto y las cuidaban con esmero, grandes y hermosas rosas, y las metíamos en unas bolsas porque aunque daba mucha pena, las íbamos a deshojar y sumergir los pétalos en una palangana con agua de la fuente. Las llevábamos a la casa que correspondía, donde todas íbamos a dormir juntas, y donde la mujer de la casa nos despertaría a medianoche, una a una, y nos peinaría despacio las melenas con un peine empapado en ese agua de rosas mientras repetía la oración: San Juan bendito, que mi pelo, mi pelo, caiga al suelo, y mi alma, mi alma, suba al cielo. Una a una íbamos de nuevo ocupando nuestros sitios junto a las demás respiraciones, y volvíamos a dormir. A la mañana siguiente teníamos la sensación de que algo mágico había sucedido, una nueva frescura, un verde más limpio, algo en el empedrado de la plaza. Los niños nos preguntaban que qué tal, con curiosidad. Éramos moras o encantás.; pero hacíamos como que éramos niñas humanas.
En el Barrio de San Juan en Plasencia se preparaba una gran hoguera y bailábamos durante horas alrededor. Dándole fuerza al Sol, cada vez más y más débil a partir de esa noche; purificándonos en el círculo de manos y de canto. La gente creía que las plantas que florecían o germinaban en el solsticio tenían más poderes sanadores de lo habitual, por eso las recolectaban esa noche. Encendían hogueras para protegerse de los espíritus malignos que vagaban libremente cuando, el día 23 de junio, el Sol se ponía por el Sur. Luego venían los bomberos y nos empapaban.
“Según estás bordando, parece que me mira Dios”, me lo decía mi cuñado en la cama del hospital, porque iba muchas tardes a hacerle compañía y me llevaba la labor. No soy de aquí yo, por eso bordo distinto, ¿Ves? Ya te has dado tú cuenta.

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