Flores y plantas

Está sobre mi mesa desde hace más de tres meses, con sus espléndidas flores carnosas y moradas. Una orquídea. Aún tiene varios capullos cerrados; cuando riego se abren un poco más, o eso me parece. En medio de la selva, en Colombia, también hay orquídeas. Pequeñas joyas raras, a pesar de ser el grupo de plantas con flores más grande del mundo. Algunas son de color naranja, como llamas, en los extremos de lo verde. Las orquídeas fernandezias viven en América. Las bautizaron los miembros de nuestras expediciones botánicas ilustradas, concretamente los que viajaron por el Virreinato del Perú, en 1777. Su nombre es un homenaje al Dr. Gregorio García Fernández, presidente de la Real Academia Médica Matritense y botánico instruido. La selva está llena de flores con nombres de médicos, botánicos, catedráticos, arzobispos o reyes.
Mi abuelo también era un ilustrado, y un fisiócrata. Creía que la fuente de la riqueza de los pueblos es la Naturaleza. Le recuerdo dando patadas a la tierra negra de la Vera, sorprendiéndose de su color tan oscuro. El campo le gustaba, las plantas de cebada que reverdecían, los almendros cargados de flores; promesas de abundancia. Mi abuela plantaba rosas entre los surcos y alrededor de la huerta. Entre calabazas, cebollas, zanahorias, tomates, manzanos; el evónimo y las violetas en la zona umbría junto al pozo, eran su orgullo. Lo que no crece fuera. Construía un jardín medieval sin pretenderlo, un hortus conclusus, huerto cerrado. Las rosas son las flores de la Virgen, las violetas representan humildad, los manzanos el pecado original. Los frutos del evónimo, secos y pulverizados, se usaban como insecticida contra los ácaros y los piojos; también contra afecciones hepáticas y biliares. Pero no creo que ella lo supiera. Un paraíso terrenal protegido de las influencias del mundo; donde asistir en primera fila al esplendor de las primaveras.
Hanami es la tradición japonesa de ver flores. De finales de marzo a principios de abril los cerezos florecen por todo Japón, como aquí. La flor del cerezo cae antes de marchitarse, el ideal del samurái: morir mientras mantiene su esplendor. Sus viudas se suicidaban bajo los cerezos, y la sangre, absorbida por la tierra, tornó rosadas las flores.
En India, durante mucho tiempo, fue delito que un hombre común criase una orquídea.

Cada vez que paseo por el barrio de San Antonio, y miro todas esas macetas cuidadas con esmero, exhibidas con orgullo, pienso que hay un espacio intermedio entre lo material y lo inmaterial, entre la decoración y la compañía callada, ocupado por las plantas. Más allá de ser símbolos de distinción heredados de una época en que eran traídas de lugares exóticos, la vida acontece en sus hojas. La energía cósmica se hace oxígeno y azúcar.
Guadalupe y yo hemos criado una costilla de Adán, tan grande, que no cabe ya en la cocina. Dice ella que es una metáfora de nosotras, de cómo la existencia empuja y se abre camino, como sea.

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