Caminar

Lo he calculado: camino diariamente nueve kilómetros. Una mujer Hadza camina nueve kilómetros diarios también. Vive en Tanzania, en las proximidades de la llanura del Serengeti. Ella en sus tierras salobres, yo en Cánovas, nuestros pasos nos acercan. Los Hazda hacen chasquidos con sus lenguas al hablar, no conocen, o no les interesa, la agricultura, viven sin reglas ni calendario, no construyen viviendas permanentes. Gran parte de esos nueve kilómetros que caminan las mujeres los hacen para recoger frutos, tubérculos, raíces, y esto es la base de su alimentación. Un día leí que si juntásemos lo que caminan todas las mujeres sudafricanas diariamente acarreando agua limpia para que sus familias puedan sobrevivir, equivaldría a ir y venir dieciséis veces a la luna.
Cuando era muy pequeña acompañaba a mi abuela a hacer el calvario, pensaba entonces que mi abuela se ponía su blusa clara y caminaba con sus amigas, sin más, luego es que reparé en aquellas cruces en el camino. Hay quien se coloca recipientes de veinte kilos con agua limpia sobre su cabeza, hay quien se coloca bajo una imagen o camina de rodillas; Jacinta subía al Refugio a rezarle a la Virgen de las Nieves así. Conocía todas las flores. Una vez fui a su tienda a comprar jamón York y se cortó la yema de un dedo con la máquina, la retiró y envolvió el jamón, como si nada. Hay quien para sobrevivir camina con sus hijos entre Grecia y Macedonia, o a la salida de Budapest.
A veces se camina para descubrir. No estoy segura de que se pueda ser flâneur en esta pequeña ciudad de provincias; aún así, a veces vuelvo a casa con un museo de cosas: una frase que escuché al lado de correos, la cara más triste que vi en mi vida, una piedrecita de forma extraña en el bolsillo, una hoja roja de árbol que se pudre en casa, el olor a hinojo florecido en la verja de arriba del Parque del Príncipe, una degustación gratuita. Un encuentro afortunado. Un latido a destiempo. La luna entre nubes. No estoy segura de que se pueda ser flâneur mujer, pasar de ser paisaje a disfrutarlo, y ser testigo de un tiempo. Paseos de domingo agarradas del brazo después de misa, eso sí. Aprisa con el cuenta pasos por la Ronda Norte, o en la cinta, dentro del gimnasio. Andar es la mejor medicina, ya lo dijo Hipócrates.
Claire caminó desde su pueblo, en el país vasco francés, hasta Palestina. Sola. Nueve mil kilómetros. No sabía qué comería, dónde dormiría, a quién conocería. Averiguó que el mundo la sostendría. Esa certeza no la tenemos todos. Viajando, comprobé que en casi ningún lugar de la tierra las mujeres pueden andar solas y seguras. Pero ella no se lo creyó. Caminar es un acto de libertad.
A las que caminan, dan ganas de darles la mano o empujarles el culo como cuando éramos pequeñas y alguien se cansaba.

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