Una belleza torcida

La primera vez que fuimos era verano. Ahí estaba, cerrada sobre sí misma. Me prometí entonces hacer a pie el camino desde el pueblo. Las botas katiuskas de Marta, su paraguas de lunares: la segunda vez que fuimos era otoño, a Santa Lucía del Trampal. Siempre quiero entrar y quedarme sentada mucho tiempo, los trozos de luz cambiando de sitio. Cenamos setas que nos regalaron por el camino. Aún tengo el cinturón de terciopelo negro que olvidó en mi casa esa noche.
En algunos de los sillares del edificio se conservan inscripciones referentes a Ataegina, diosa de la fertilidad y la curación adorada por íberos, lusitanos, celtíberos, y posteriormente adoptada como romana: Proserpina. Su nombre proviene de las palabras celtíberas “ate gena”: renacida. En el valle del Tajo abundan las inscripciones: “Ataegina Turibrigensis Proserpina”. Era la basílica de un desaparecido monasterio.
Dividida en tres naves originariamente, su cabecera conserva tres ábsides, cubiertos por bóvedas de cañón y tres ventanas, una por ábside. En el siglo IX fue abandonada, pero en el siglo XV se instaló una nueva comunidad religiosa que la dedicó a Santa Lucía. Luz para el mundo. Las tres naves en que se hallaba dividida se reconvirtieron en una sola. En el siglo XVIII vuelve a abandonarse y desde entonces fue fortín francés, pajar, cuadras y almacén. Los misteriosos tres ábsides hacen pensar en celebraciones arrianas en idioma godo antes del alba. En las tres inmersiones en agua en el momento del bautismo.
Arrio, presbítero de Alejandría, en una carta a Eusebio de Nicomedia -antes obispo de Beirut y después de Constantinopla- decía: “Nosotros somos perseguidos porque decimos que el Hijo tiene un comienzo pero que Dios no tiene comienzo”. No creían que Dios, Jesús y el Espíritu Santo fuesen un único ser, y sus creencias se hicieron muy populares. Parece que fue este obispo arriano quien bautizó a Constantino I, primer emperador cristiano de Roma, en su lecho de muerte. El misionero Ulfilas difundió el arrianismo entre las bárbaras tribus germánicas.
En la Península Ibérica, las particularidades religiosas de las poblaciones goda y romana llevaban consigo el asunto de la identidad de ambos pueblos. Ese, y el de la financiación. Convertirse a la fe católica significaba para un godo dejar de serlo, pues el arrianismo entre la población hispanorromana era casi inexistente. Durante los siglos IV, V y VI convivieron, hasta que Recaredo I, rey de los visigodos, se bautizó como católico en el año 587, e impuso el catolicismo como religión oficial del reino. Sunna, obispo arriano de Mérida, junto con los nobles godos Segga y Vagrila, proyectaron asesinar al nuevo obispo católico, Masona, y al dux de Lusitania, Claudio, y alzar a toda la provincia. Fracasaron. A Segga le cortaron las manos, Vagrila se refugió en una iglesia emeritense y Sunna marchó a Mauritania, donde predicó el arrianismo hasta su muerte violenta.
De pequeña, yo creía que visigodos y vikingos eran lo mismo.

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