Centrifugados

Hace unos años yo vivía en La Plata, Argentina. La Plata es una ciudad curiosa, una cuadrícula perfectamente planificada; imposible perderse.  Hay plantados muchos jacarandás y tilos en sus aceras, si llueve fuerte huele a infusión. Allí, en el cruce de la 52 con la 125, a diez minutos de su catedral neogótica de ladrillo naranja, yo asistí a un seminario sobre poesía. Y en ese entorno  racionalista-higienista-positivista y liberal, arquitectónicamente hablando, escuchaba yo a la mujer más pedante y más encantadora del mundo (¿es posible ser esas dos cosas juntas? Pues sí, pero solo ella). Leímos a Irene Gruss, que escribe cosas como: La luz de la mañana/ tiene dedos rosados/ El inhalador sabe a menta,  y continúa, y se convirtió en una de mis favoritas. 

Solamente recuerdo una tormenta aquí como las que había allá,  y yo tenía quince; bajaba después de un examen final de Historia por la cuesta esa del instituto de arriba, en Plasencia. Me cayó encima un chaparrón y luego se quedó todo en calma, medio nublado, raro. Debió de ser bonito mojarse así porque todavía me acuerdo.

A Irene la conocí en persona en Plasencia. Y aquí viene el milagro: Irene y yo nos comimos unas migas con chorizo en Plasencia. No nos llovió encima, y, en realidad, no recuerdo qué comimos. Le escuché leer esos poemas que adoro. Eso fue hace un año.

Al nordeste de la ciudad cuadriculada construyeron El Bosque; hay allí un Jardín Zoológico y Botánico de estilo victoriano, un Museo de Ciencias Naturales de planta greco-romana y ornamentación precolombina. Hay un gran observatorio astronómico. Y eso sí que es poético. El vértigo-infinito-de-lo-inconmensurable a través de una lente. Cuando pasó el cometa Halley yo tenía nueve años; quise ser astrónoma pero nunca supimos dónde se estudiaba eso. En ese momento debí de intuir la entropía. El desorden y la irreversibilidad. Una compañera de aquel seminario de poesía me recomendó un libro y ese libro nunca lo alcancé comprar.  Este año, en Las Claras, en Plasencia de nuevo, Juan, de la Editorial Entropía me lo regaló. El mismo libro. A diez mil kilómetros de donde se imprimió.

Resulta que puedo viajar y las águilas sobrevuelan el coche en las inmediaciones de Monfragüe, y luego llegar y sentarme a escuchar recitar poemas a Luciana Caamaño, a Lalo Barrubia, a Ballerina Vargas Tinajero, a Nurit Kasztelan. A Víctor M. Díez, que hace música girando un tubo de plástico. Puedo ver a Hasier Larratxea y a su padre, que levanta piedras de cien kilos y deja preparado a hachazos un tronco a su hijo, para que le de los últimos, como cuando era pequeño. Justo antes de que se parta en dos. Oler la madera húmeda de ese otro bosque al que pertenecen.

La tarde del domingo hizo sol y nos echamos la siesta, ya en casa. Al despertar hicimos torrijas, y hablamos de política, hablamos de política.

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